Guerrero

ROGELIO GONZÁLEZ BALBUENA: “la pintura tiene magia”


Un poco sucio” llegaba el entonces aprendiz de arte plástica (nacido el 28 de noviembre de 1990, en Quechultenango) a aquella escuela en la Ciudad de México, saliendo de trabajar en esos colados que se echaba como peón de albañil; entonces conociendo acuarela y figura humana, ya sabía que quería pintar desde que a los 6 años vio a otro niño dibujar “sin ver un personaje” y desde que en bachillerato ganó un certamen de cartel sobre el agua; le dieron mil 500 pesos y se fue a Chilpancingo, a un curso con el maestro Jaime Tomatzin en la Pinacoteca; después, ahorrando como instructor comunitario, llegó esa época en Ciudad de México (donde corroboró lo duro y costoso que es mantenerse en el arte), regresó a la albañilería pero en Petaquillas -donde hizo dibujos y trabajos a sus compañeros de oficio-, volvió a comprar material y aventado “a la brava”, se acercó a buscar un recinto en la capital para exponer sus dibujos: se acercó al Palacio de la Cultura pero su ‘debut expositor’ fue en el ayuntamiento. Y de los dibujos que veía en fotos de internet, a buscar la propuesta propia, también a conocer otros jóvenes creadores que lo encauzan y adentran a la organización y exposición de obra, él ya en lo que llama surrealismo metafórico enfocado a su entorno, a las montañas amuralladas de su tierra natal, su flora y fauna, bellas pero trágicas y devastadas, “mi obra es una protesta ecológica”. Interviniendo paredes, con obra hecha y expuesta –solo y en colectivas- en bienales internacionales, además Chilpancingo, Zumpango, Acapulco, Tecpan y cada vez más en su tierra natal, este además decorador de interiores y rotulista, que se firma como Rogelio Glez, dice que “si no me hubiese atrapado el arte me hubiese ido por otro lugar (…) la pintura tiene magia, simplemente trato de disfrutar la pintura en el momento, es como una aventura, no sé qué es lo que va a pasar mañana; a estas alturas pienso que ya no lo voy  a dejar”.

Pablo Israel Vázquez Sosa

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Avenida Cuauhtémoc de la colonia Centro. Este fin de semana, como lo ha estado haciendo desde hace días, Rogelio le está avanzando en su más reciente intervención en una pared en vía pública, “un tema folclórico”, dice, “quise plasmar la importancia de la mujer indígena, eso que tiene nuestra cultura, lo que influencia en todo el estado”.

En plena realización de Flor entre las Flores -como se titulará esta obra pictórica- se ubicó a este ahora muy activo creador, quien ya no ha parado de dibujar y pintar desde hace apenas dos años, aunque desde todavía más chavo ya había incursionado en la intervención, nada más por gusto, “una que desgraciadamente ya taparon, estaba en mi colonia, El Hilamar; fue el primero que hice: una madre tlacuache caminando en una pared, fue hace como cuatro años”.

Los más recientes murales son dos: Calandria Amarilla, de su completa autoría, y otro en conjunto con un colectivo de chavos de este lugar, aunque “le di el toque final, yo puse toda la idea, conseguí todos los recursos. La misión de ese mural era que me di cuenta que pasando Chilpancingo para acá no había ni un mural, como tal, con protocolo, estudio del muro, composición, que la gente dijera ‘esto es un mural’, imponente; en la calle Nicolás Bravo (o conocida también como de los Artesanos) fue el único lugar donde nos prestaron el muro, me gustó mucho el espacio, todo el tramo”.

Con temática “muy guerrerense”, ese trabajo en conjunto se llama Nuestras Raíces, “quise presentar toda nuestra visión, nuestro sincretismo”. Antes había convocado a los interesados vía Facebook y ya había contactado a un amigo, Irving, después se sumaron chavos del colectivo Quechultecuani, ya con la inquietud por la obra pictórica, a quienes les dijo de qué se iba a tratar este trabajo, aunque reconoce: “al final es muy difícil organizarse entre muchos, cada quien tiene sus propias ideas, cada quien quiere plasmar lo suyo…dicen coloquialmente que entre dos cocineras no se puede hacer un buen mole, (pero) el concepto es mío, desde el comienzo al fin. Al final sí se pudo cubrir el mural”.

De eso, hace un año, todavía en el 2019.

Un empírico en la Pinacoteca, con Tomatzin

“La gente no está muy acostumbrada a ver arte, lo hago por eso, cuando voy a un museo disfruto ver una pintura, me deslumbro, me impresiona, me crea cierta magia, y me gusta trasmitir eso”, dice Rogelio, “tuve la suerte de que desde muy pequeño me atrapara la pintura; si no me hubiese atrapado el arte, me hubiese ido por otro lugar”.

– ¿En qué momento te das cuenta de este gusto por la pintura?

– Me llamó mucho la atención cuando miraba dibujar a mis hermanos mayores, paisajes, copiaban alguna imagen. Recuerdo una vez que sí me impresioné: tenía 6 años, tenía un vecino y lo encontré en la primaria, estaba dibujando, pero dibujando sin ver un personaje de alguna caricatura, me creó como un impacto, me sorprendí, dije ‘cómo es posible que alguien, una persona común y corriente pueda hacer eso’, como que me dio el chispazo.

“De ahí comencé a dibujar, a bocetear, desde la primaria”, dice el entrevistado, quien le empezó con el disfrute de las tareas escolares –cuando se requería dibujar algo-, aunque además “tuve compañeros de salón que dibujaban demasiado, ahí nos juntábamos todos, fue como el plus, y en todo bachillerato tuve amigos que dibujaban conmigo, pensaba que se iban a dedicar a lo mismo que yo”.

Estudiante de la primaria “María Ramírez”, dice que fue en la secundaria “cuando me llegó la idea de algún día ser pintor”, por eso participó en primeros certámenes, aunque no ganaba algún lugar de trascendencia, “pero una vez gané el primer lugar en el CBTA un concurso de carteles del agua”.

El premio esa vez fue de mil 500 pesos, “con ese dinero tomé unos cursos de pintura en Chilpancingo, con el maestro Jaime Tomatzin en la Pinacoteca, él daba talleres de pintura en el Pinax”.

– ¿Cómo te enteraste de ese lugar y de esas clases?

– Mi hermana Sinforosa estudiaba en Chilpancingo, ella sabía que tenía esa inquietud de pintar y que me gustaba ese rollo, fue la que casi me inscribió, la que me anduvo moviendo aquí.

“Estaba chido, me gustó el ambiente de ver a todos pintando”, detalla sobre esa primera experiencia más académica, ya en la técnica del óleo sobre tela, además “para qué sirve el aceite, cómo se disuelven. No es cualquier técnica el óleo”.

El maestro Tomatzin, lo recalca, “sí te enseña a utilizar bien todos, para qué sirve cada instrumento, el aceite, todo eso, cómo se tiene que trabajar; te sirve de base, ya después es cada quien, ya depende de uno”.

Alrededor de un mes después siguió con sus estudios de bachillerato. Dice que cuando concluyó ese nivel “vino como una pequeña frustración, mis padres, campesinos y obreros, no tuvieron para ofrecerme una licenciatura, y no les exigí porque no había nada que me gustara estudiar, solamente quería pintar”.

Reconoce que por ocurrencia se animó a ingresar como instructor comunitario en el sistema Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), donde estuvo un año en la sierra dando clase, siempre con la idea de que ahorraría para, después, volver a fomentar en forma ese interés suyo por las artes plásticas. Concretamente estuvo en el poblado de Viento Frío, en Tlacotepec, un lugar muy alejado en donde sólo había una familia con ocho niños, tres de preescolar y cinco de primaria, “en las tardes pintaba y dibujaba, nunca dejé de hacer eso”, mientras que a los menores “les enseñé a valorar el arte, no sabían tanto de qué se trataba”.

En la obra creativa…y de albañilería

Después de ese año “no me quise quedar estancado y quise moverme…desde mis 15 años fui como que muy aventado, arriesgado; me aventé como más a la brava, quise ir a probar suerte al DF, ver de qué se trataba el rollo de la pintura; cuando llegué me fui a vivir con unas personas que me dieron chance, no eran ni mi familia, nomás conocidos de mi carnal. Me dieron chance y yo trabajaba en la obra, en las tardes iba a pintar, a las clases de Pintura. Vivía en Chimalhuacán, en el Estado (de México) y viajaba al DF, atravesaba dos horas de la ciudad para llegar al Centro”.

Cuando dice “en la obra” fue específicamente en la albañilería, él de peón en el colado, “estoy acostumbrado al trabajo pesado, no se me hizo gran cosa, ¡imagínate, colador!, diario echábamos un colado, era muy pesado y aprendí de la albañilería”.

Recuerda que cada jueves, terminando de trabajar, se iba a aquella escuela, unos talleres de figura humana y acuarela, “con maestros egresados de Bellas Artes, fue donde más me influencié por el Arte porque miraba cómo exponían, las creaciones de todos, las técnicas; había talleres de todos los tipos de artes, Literatura, Cine, Danza, Teatro, yo me enfoqué en la acuarela y figura humana. Me llevaba bien con los maestros, creo sabían mi situación porque me miraban cómo llegaba, un poco sucio”.

Igualmente un año estuvo en ese lugar, “te das cuenta de que lo que tú ves no es lo que esperas, allá miraba personas que eran de Uruguay, chilenos, que venían igual, porque querían pintar, no podían ingresar a una escuela y se ponían a pintar en la calle, rayando las banquetas, ponían un letrero, ‘Con tu ayuda podré seguir pintando’, a la brava. Ves cómo alguien desde otros países viene a buscar oportunidades, lo tuyo ya es minúsculo en comparación con lo de ellos. Te das cuenta que lo que está allá es algo más fuerte”.

Reconoce que ya no siguió en esos talleres por sus limitaciones económicas, porque el suelo no le alcanzaba. Dice que le sirvió la experiencia pero también destaca que se regresó a Quechultenango asumiéndose la promesa de que nunca iba a dejar de pintar, “me di cuenta de la realidad de la Pintura, lo que se trata, de lo que se requiere”.

– Me vino una depresión, fue como la experiencia más pésima que tuve, pero chida porque es parte del aprendizaje-, recuerda sobre aquel retorno a su tierra, “me bajoneé, aquí volví a trabajar en la obra…ya había experimentado, nadie me iba a contar de qué se trata”. Ya era aproximadamente el 2010, entonces de unos 19 años.

– Anduve como muy deprimido en la obra-, recuerda esa temporada, de cuando por ejemplo trabajaba en la comunidad de Petaquillas, específicamente ayudando en la construcción de infraestructura universitaria en aquella escuela de Ciencias Naturales, “de chalán, como seis meses”.

Como sus compañeros sabían que dibujaba, incluso le llegaban a pedir algún retrato o dibujo, “les hacía sus encargos y me pagaban leve, siempre llevaba mi cuaderno de dibujo, estaba dibujando y ellos miraban; un arquitecto de ahí miró mi trabajo y me dijo ‘busca ayuda con alguna asociación civil, que te apoyen, busca una galería’”.

Terminando aquel trabajo, con un ahorro de unos 8 mil pesos, dice que siguió invirtiendo en material para dibujo y pintura, como papeles, gises y carboncillo, “entonces no manejaba tanto la pintura, era más retrato a la figura humana, puro pastel”.

Un día, en el zócalo de Chilpancingo, se metió a una galería que estaba dentro del entonces Palacio de la Cultura, “estaba la sala José Luis Cuevas y quería exponer ahí; fui a ver al de la galería y me dijo que sí había chance, que tenía que armarme 35 obras mínimo”.

Esa vez llegó sólo con un cuaderno con sus dibujos. Entonces, recuerda, había obra de su ahora amigo Cloro al óleo, que entonces ni conocía.

Con esa idea, “me dediqué como un mes sin salir de mi casa, noche y día a estar pintando, Rostro sobre Lienzo le había puesto en aquel entonces (a su serie de dibujos), rostros de personas de diferentes etnias del mundo, de aquí, en imágenes de internet, en diferentes tamaños, 20, 30 centímetros, unos de un metro; puro gis pastel, carboncillo, puro papel, lo más caro fue que tuve que enmarcar todo”.

Aquella vez no se logró la exposición: era el 2014 y en el marco de los conflictos sociales por el caso Iguala-Ayotzinapa muchos recintos públicos se cerraron, “ya no se pudo exponer ahí, el galerista buscó que me dieran chance de exponer en el ayuntamiento, expuse ahí”.

El surrealismo metafórico en exposiciones

Aunque sintió satisfacción, admite que se trata de situaciones “placenteras que duran poco tiempo…después me di cuenta que de eso no se trataba la pintura”.

Las fotos, las poses, los apapachos, las palabras de aliento, “hasta ahí”, después, nada, reconoce el joven, “no sabía cómo estaba el rollo de la pintura en Chilpancingo, que hay que tener una propuesta pictórica, todo el protocolo que se tiene que seguir, que tienen que ir los maestros que saben de pintura a ver tu obra. Lo más importante y lo más difícil es tener tu propia propuesta pictórica”.

Reconoce que en aquel entonces no tenía su propuesta, simplemente dibujaba de otras imágenes o de fotografías.

Unas semanas en exposición de sus dibujos, dice que fue recibiendo invitaciones de otros sectores, igualmente para mostrar su obra, “muchos lugares”, dice, “pero me daba cuenta que nomás me explotaban, nunca me compraban; un evento de canto, para la foto, me di cuenta como que mi obra ni fue muy valorada, me dolió”.

Y empieza a enfocarse en su propia propuesta, “tenía mucha imaginación, siempre he querido plasmar algo único que yo solamente pensaba o imaginaba; una vez casualmente miré la obra surrealista de un pintor ruso, Vladimir Kush, y me di cuenta que lo que pintaba era muy parecido a lo que tenía en mente, más metafórico, más poético”.

Empezó entonces con lo que llama “mi propio surrealismo metafórico, pero con paisajes de aquí, mis propias vivencias, mi propia manera de percibir la realidad; hay una que me gusta mucho, se llama Melodía en las Murallas, pinté las murallas de acá, la cordillera que viene desde Chilpo. Como he sido campesino he caminado esos campos, conozco las veredas; lo que hice tiene que ver con las rocas y la fauna de aquí, las plantas, me fui con eso, en óleo y acrílico”.

Esa primera idea se materializó con obra que actualmente se expone en el café La Galería, en avenida Alemán de la ciudad.

– Y me dejé caer más en mis propias creaciones, pinté más surrealismo con paisajes de aquí, con propias ideas que tenía-, detalla Rogelio, “de pequeño percibía que cuando pasaba el viento, sacudía los árboles, todo ese sonido lo percibimos como ruido, pero (para él) era una conversación entre el viento y los árboles, o que las aves pueden conversar con ciertos árboles”.

Huecos sobre el Muro y Contemplación del Borbollón están entre sus posteriores creaciones, también con paisajes sobre Santa Fe o el Río Azul, lugares tan conocidos en esta zona, a la par de hacerse de conocidos, sobre todo de Chilpancingo, que hacían lo mismo que él, pintar para exponer, como Cloro al óleo o Froster, ellos egresados de la Escuela de Artes de la UAGro y teniendo de maestro a Tomatzin, “me invitaban a sus proyectos, ellos me dijeron ‘se trata de esto, lo vamos a armar, te voy a echar la mano’, el protocolo como debe ser”.

También se da cuenta que por cada técnica de creación se tarda años en adentrarse, por ejemplo con el pastel experimentó como cinco años, a la par de actualizarse e informarse con revistas y medios especializados.

“¡Nadie creía en mí!”, reconoce también, “pero yo siempre creí en mí, creo es lo más importante, miraba mi chamba y miraba el trabajo de los que se consideraban profesionales y no tengo nada que pedir, talento hay”. Eso sí, “nunca acabo de aprender”.

Llegó, junto con esos chavos mencionados, la colaboración con murales en el vecino Zumpango, también la exposición Revelaciones de la Naturaleza, aquí en el Museo Regional de Chilpancingo, ya con texto de sala por parte de un conocer en esos temas, “se comprometió mucho Froster con la causa, lo que agradezco, hizo hasta los bocadillos, con su esposa se organizaron, el cartel, las invitaciones, todo él lo movió”.

Otra exposición, ya individual, también en Zumpango, todavía a inicios de año en el museo Jacobo Harootian, de título Percepción Natural, “fue mi penúltima (exposición), ahorita mi obra está en La Galería, en Chilpancingo, fue la última”.

Rogelio también ha expuesto en Acapulco, en la Casa de la Cultura de allá, además ha participado en bienales internacionales, como la México-Perú, y exposiciones colectivas, como en la Nao y la Gran Galería del puerto, además de actual exposición colectiva en el Palacio de Cultura, en esta capital, aunque el recinto está cerrado por prevención del coronavirus.

“Nunca dejar de pintar”

– Mi obra no es un revoltijo, sino que tiene un solo tema-, detalla este joven, “mi obra siempre habla de la naturaleza; te muestro como lo bello de la naturaleza, pero al final te muestro lo trágico, la devastación. Mi obra es una protesta ecológica, yo creo que toda la gente necesita verla porque te crea una conciencia, una nueva manera de ver las cosas, trato de ir creando más piezas relacionadas al tema: bellas, trágicas, que deje algo”.

Un poco, pero ha llegado a vender su obra, como en Acapulco y Zumpango, allá donde además lo han contratado para hacer murales particulares, “mi mayor mural que he hecho está allá, mero en la entrada que va al ayuntamiento, en una casa grande, amarilla; la parte más alta mide 10 metros de altura, un paisaje con la fauna local”, incluso dice que ha hecho pintura en el acceso al panteón municipal, junto al pintor Adolfo Sánchez, con temática precisamente de los muertos; ahí fue su primer muro intervenido.

– 2019 fue muy activo, ando sin parar-, asegura. Pero también este año: “también tenemos una colectiva que inauguramos el viernes pasado, en restaurante El Berro, en Chilpancingo; hace un mes expuse en La Galería, está toda mi obra ahí”, con la exposición Naturaleza Efímera, “el (pintor) Javo cortó el listón conmigo, casi me apadrinó; expuse las que cupieron, llevaba como 31 piezas, me sobraron como cinco, dos me llevé en El Berro”.

Adentrado en lo folclórico, ahora su interés es intervenir espacios públicos en calles y paredes de los pueblos, “me invitaron a Tecpan, quedó muy chido el mural allá, ahí pinté una iguana gigante, de unos 10 metros”.

En la calle “es más satisfactorio, más intensa la sensación”, además considera importante “crearle a alguien la cierta chispita”. Incluso para ello ha dado unos talleres de pintura inicial a niños, sin descartar ante eso que llegue a dar clases en el futuro.

– ¿Estás ya viviendo de esto, cuál es tu ingreso habitual actualmente?

– Trato de vivir de esto y aprovecho todas las oportunidades que se aparecen; vendiendo obra, encargos, decoraciones en interiores, hago rótulos; me la he llevado tranquilo.

Aunque eso sí, “ahorita me da más satisfacción pintar en la calle, con la sociedad, siempre cuando estoy pintando llega la gente, me dicen ‘va quedando bien’, aquí (en la calle de los Artesanos) era un lugar muy gris, se volvió un lugar agradable para pasar, es la satisfacción que te deja”.

Ahora “prefiero aventarme y hacerlo, ya no dejarlo como idea inconclusa. Quiero armar más obra, más series, comenzar a exponer más fuera; todos me dicen que voy bien, los maestros, los que saben, los que mueven la pintura, los que hacen las convocatorias, me han dicho que voy bien, que le siga dando, que voy por buen camino”.

Actualmente Rogelio tiene 33 obras ya listas, concluidas, que se pueden exponer, “es lo que me va manteniendo estable: nunca dejar de pintar, es lo que me importa, me interesa; trato de serle leal a la pintura”.

– ¿De qué manera te llega la inspiración, esa idea que después llegas a plasmar?

– La inspiración la adquieres de diferentes partes, un libro, un artista, su proceso creativo…la pintura es algo que me satisface demasiado, no he parado y trato de no parar, va fluyendo y poco a poco me voy desenvolviendo. La pintura tiene magia, simplemente trato de disfrutar la pintura en el momento, es como una aventura, no sé qué es lo que va a pasar mañana, puedo estar aquí, o en otro lugar, pero siempre acudo al llamado de la pintura. Antes tenía dudas, ahora ya no las tengo, a estas alturas pienso que ya no lo voy  a dejar-, dice este artista que se firma como Rogelio Glez, no González, porque dice que el apellido está muy largo.

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